La vida de los hijos de San Bruno descubren la necesidad de intimidad con el Dios de su vida, el silencio se convierte en el medio indicado para el encuentro de: Dios y de su creatura.
La contemplación es el resultado de aquella disposición del alma ante un estado de ausencia de todo tipo de ruido tanto interior como exterior. Por eso para estos monjes alcanzar un alma sosegada es una necesidad, para disponerse a lo trascendente y solo dejar que Dios le hable por medio del silencio.
Cuando el silencio exterior lleva y ayuda al silencio interior, dicha aucencia de pensamientos, de sentimientos, de acciones propias, permiten que se todo hable un idioma divino, que permite que el alma llegue a tal estado de éxtasis que se convierta en algo vital para experimentar esa felicidad divina que brota de la mirada de aquel que ha experimentado un encuentro personal con Dios desde la contemplación.
Fugitiva relinquere et aeterna captare": abandonar las realidades fugitivas e intentar aferrar lo eterno (Carta de S. Bruno.)
Todo monasterio – masculino o femenino – es un oasis en el que, con la oración y la meditación, se excava incesantemente el pozo profundo del que tomar el “agua viva” para nuestra sed más profunda. Pero la Cartuja es un oasis especial, donde el silencio y la soledad son custodiados con particular cuidado, según la forma de vida iniciada por san Bruno y que ha permanecido sin cambios en el curso de los siglos. “Habito en el desierto con los hermanos”, es la frase sintética que escribía vuestro Fundador (Carta a Rodolfo, 4).
El fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo aquello que impide esta comunión y dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor. Queridos hermanos, vosotros habéis encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cfr Mt 13,44-46); habéis respondido con radicalidad a la invitación de Jesús: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme" (Mt 19,21). (S.S. P. Francisco)



